La vida a tragos de Mrs. Parker

En los EE UU de principios del siglo XX, una reunión de intelectuales de Manhattan se reía del mundo y con su venenosa crítica removía los cimientos de Broadway. Un ambiente crítico y mordaz que recoge a la perfección la película La señora Parker y el círculo vicioso (Alan Rudolph, 1994), que, además de reflejar los años veinte en Nueva York, retrata a Dorothy Parker como una mujer adelantada a su tiempo, dueña de una desastrosa vida sentimental, aficionada al Whisky Sour y fanática del Gin Martini.

La compleja e inteligente Dorothy viene a ser la reina de un grupo de actores, escritores y periodistas relacionados con el espectáculo que se reunían en un sencillo hotel de la calle 44, The Algonquin, escenario ideal de la vanguardia neoyorquina repleto de alcohol, tabaco y letras. Nada nuevo: a lo largo de la Historia, muchos creadores han tenido una relación estrecha con el alcohol, cuando no una clara adicción que ha marcado su tormentosa vida y sus obras. De hecho, la literatura siempre ha mantenido fuertes vínculos con las bebidas alcohólicas.

“Mi vida es como una galería de arte / con pasillos estrechos por los que los espectadores pueden pasear”. Parker fue una escritora subversiva, trató temas como la discriminación racial, los efectos de la guerra en el matrimonio, las tensiones de la vida en la ciudad… Escribió sobre el aborto cuando no se podía utilizar esa palabra, y sobre las adicciones químicas y emocionales. Su intelectualidad delirante y pretenciosa levantó ampollas entre ciertos lectores. Así, la autora se forjó una reputación literaria por sí sola gracias a una obra satírica e ingeniosa en una época en la que las mujeres no debían tener sentido del humor. Ella, ajena a todo, dedicaba sus letras a la vida, la muerte, el matrimonio, los perros y el whisky mientras se codeaba con celebridades como Francis Scott Fitzgerald, Kaufman, Hemingway e incluso Alfred Hitchcock, que contó con ella como guionista del filme Sabotaje (1942).

La reflexión que nos suscita la presencia del alcohol en la trayectoria de Parker va más allá del proceso creativo. Es sabido que las bebidas alcohólicas tienen un enorme potencial inspirador y recrean la teatralidad del ‘yo’. Se trata de un recurso enajenador que convierte a los bebedores en aliados de su esencia y en un auténtico factor de complicidad. ¿Tendríamos hoy determinadas obras de arte si no hubiera existido el alcohol? El vino, la absenta, el vodka, el whisky, la ginebra o el ron son símbolos de la actividad literaria, de la pintura o de la música como compañeros fieles que han condicionado las vidas de los artistas. “Escribe borracho, corrige sobrio”, recomendaba el gran Hemingway a la hora de escribir ficción. Se trata de intentar extraer lo peor de cada uno, porque ahí reside lo más brillante. ¿Has comprobado cómo fluye tu imaginación cuando estás borracho?

Dorothy decía: “Me gusta tomar un Martini, dos a lo sumo; después de tres estoy debajo de la mesa; después del cuarto, debajo de mi anfitrión”. A título póstumo y en su honor, la New York Distilling Company creó la ginebra Dorothy Parker American Gin, que entre sus botánicos incluye bayas de saúco, canela y pétalos de hibisco. Del mismo modo, son muchos los cócteles elaborados en su honor.

Por sus (ácidas) frases la conocerás

“Hay cuatro cosas sin las cuales habría vivido mejor: algunos amores, chismes, pecas y dudas”

“Las dos palabras más importantes de la lengua inglesa son: cheque adjunto”

“A un hombre sólo le pido tres cosas: que sea guapo, implacable y estúpido”

“Cualquier mujer que aspire a comportarse como un hombre seguro que carece de ambición”

“Tres son las cosas que nunca lograré en mi vida: envidia, profundidad y suficiente champán”

“Si quieres saber lo que Dios piensa del dinero, tan solo mira a la gente a la que se lo ha dado”

“El mío es un apartamento pequeño; apenas tengo lugar donde dejar mi sombrero y un puñado de amantes”

Una “mujer nueva”

Parker representa el prototipo de escritora maldita en la cultura de entreguerras, mujer en un mundo de hombres, incomprendida por sus contemporáneos y con una vida bohemia encaminada hacia una muerte casi parece que buscada y deseada para que la fatalidad alimentase aún más su propio mito. Su personalidad esperpéntica y vanidosa colmó su existencia de matrimonios influyentes y romances imposibles. Encarna así lo que se llama “mujer nueva”, un concepto que surge tras la Primera Guerra Mundial. Siempre rodeada de hombres, es heredera cultural de arquetipos de la literatura del Romanticismo como el de la mujer sola o el de la adúltera. Estas chicas con el peinado a lo garçon, que fuman, beben, trabajan y llevan una vida amorosa sin prejuicios tenían muchos problemas de integración real en la sociedad. En aquel momento era imposible para ellas mostrar una vida segura y respetable fuera del matrimonio y, por tanto, su apariencia es frágil e inestable. Vidas que a menudo representaban a través de sus obras, como refleja Parker en uno de sus mejores relatos, Una rubia imponente, publicado en 1929 en Bookman Magazine y editado en España por Nórdica Libros.

Sus críticas literarias para la revista ‘Esquire’, entre 1957 y 1962, en muchos casos dejaron entrever su gran adicción

Considerada una de las mejores cuentistas del siglo XX, su vinculación con el alcohol y u obsesiva y cínica relación con la muerte la convierten en un personaje más allá de sus textos. Escribir bajo los efectos de la bebida no solo la transforma en superviviente de sí misma, sino en un auténtico desafío al poder de la Ley Seca. La prohibición del consumo en Nueva York llenó la ciudad de bares ilegales, de jazz, de mafias, de policías corruptos y de mujeres como ella que eran un símbolo perfecto de seducción y rebeldía.

“Me gusta tomar un Martini, dos a lo sumo; después de tres estoy debajo de la mesa; después del cuarto, debajo de mi anfitrión”, decía Parker con ironía

“Hace mucho tiempo –escribió John Keats en la biografía de Parker, La importancia de vivir– el mundo era nuevo y brillante, y Dorothy era una de las personas más nuevas y brillantes que en él habitaban. Tuvo dos maridos, varios amantes, una mansión en Beverly Hills, una finca en Pensilvania y una serie de apartamentos en Nueva York”. Quiso ser también poeta irreverente y descarnada, ejerció de periodista y crítica destructiva y afilada –“Es más fácil criticar sobre gente a la que odias, al igual que es más fácil criticar una obra de teatro mala o un libro malo”– y, aunque como guionista de la incipiente industria cinematográfica no tuvo gran éxito, su compromiso político la convirtió en militante activa del Partido Comunista. Conocida es su estancia como reportera en la España de la Guerra Civil, donde defendió la causa republicana y se inspiró para crear uno de sus mejores cuentos, Soldados de la República.

Maldita y excéntrica, habitual en las páginas de revistas como Vogue, The New Yorker o Esquire, donde firmó críticas literarias desde 1957 a 1962 a veces balbuceantes por causa de su adicción, su existencia estuvo llena de altibajos. En 1967, a los 73 años, falleció en una habitación de hotel acompañada por sus dos amigos más fieles: su perro y una botella de whisky. En su tumba en Baltimore, como ella siempre quiso, puede leerse el epitafio Excuse my dust (‘Perdonen el polvo’). Genio y figura.

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