Corrupción gastronómica

Empezó en un puesto de perritos calientes y ha llegado a ser una de las personas más influyentes del Kremlin. Yevgeny Prigozhin, el llamado cocinero de Putin, ha logrado amasar una fortuna al lado del presidente de Rusia. Según ha informado BBC News, este chef está acusado por EEUU de dirigir una «fábrica de trolls» en internet para influir en sus elecciones y tuvo un vertiginoso paso de la industria del catering a la política.

Prigozhin, de 59 años, se integró en el círculo de élite del mandatario en 2001, cuando Putin acudía a cenar a su lujoso restaurante flotante en San Petersburgo, el codiciado New Island. En su juventud, antes de convertirse en vendedor callejero de salchichas, fue encarcelado durante nueve años por robo y fraude. El capitalismo ruso de «terapia de choque» en los 90 creó muchas oportunidades de negocios para los ex convictos y, al salir de la cárcel, hizo fortuna. Iliá Kosygin, director de Dovod, un diario digital ruso, dice que “Prigozhin no es un fenómeno aislado. Es parte del Estado mafioso corporativo dirigido por Vladímir Putin. Y para un periodista independiente es la principal amenaza”.

Prigozhin es una evidencia de que la alta gastronomía se ha convertido en un lugar de élites. Las relaciones de poder se consuman en la mesa compartida y alrededor de la cocina siempre se representan sus jerarquías. El chef ruso también simboliza el ascenso social y la capacidad de remontar desde lo más bajo. El pequeño delincuente buscavidas que es perdonado y elevado al poder en una sociedad que premia las lealtades y tolera las traiciones.

Sin embargo, lo que ocurre en ese Kremlin corrupto no está muy lejos de lo que puede suceder con nuestra gastronomía española. Todo el mundo sabe que la gastronomía es una atractiva industria y que la mesa donde comen los poderosos puede estar llena de confidencias y delincuentes gastronómicos. ¿Se imaginan un almuerzo entre el todopoderoso Francisco González, ex presidente de BBVA y el infame comisario Villarejo?

Existe un poder financiero que ha fijado sus intereses en el capital simbólico de la gastronomía. Entidades que financian a chefs para mejorar su reputación ya que estos son depositarios de un reconocimiento social. Ya saben, esos bancos sin escrúpulos capaces de estar patrocinando a Ferrán Adriá o a los hermanos Roca con una mano y con la otra embargando a pequeños empresarios de la hostelería en plena crisis económica.

Pero también la Televisión y sus intereses han creado todo una compleja red de productoras, productos audiovisuales y anunciantes que promueven la frivolidad y fomentan los falsos estereotipos. Reality shows gastronómicos capaces de banalizar y matar por una audiencia que pronto pagará por ver a ex convictos cocinando después de explotar con éxito a juniors o celebrities.

Podríamos seguir analizando espacios de poder como esas vetustas y casposas academias con presidencias perpetuas y boatos imposibles. El poder creciente de las grandes compañías norteamericanas de comida a domicilio que precarizan a los riders y manipulan nuestros hábitos de consumo. O el poderío de los grandes grupos de comunicación que, en régimen de monopolio, establecen dogmas gastronómicos, controlan los congresos culinarios e impiden una prensa libre incapaz de fomentar la crítica gastro.

La gastronomía, en su exitosa carrera por competir en el espacio público, consigue una relevancia que antes no tenía y desplaza la consideración de otras actividades ocupando un espacio de poder. Cuando las administraciones  enaltecen este sector y financian con recursos públicos a cocineros, ferias y proyectos lo están señalando como un lugar de oportunidades.

Podríamos seguir analizando casos y subsectores que nos indican claramente que todo el universo culinario se ha convertido en un espacio de poder donde se da el caldo de cultivo necesario para que aparezcan muchos Prigozhin a la española. Este marco de poder político, económico, social y cultural deja claro que, inevitablemente, van a aparecer corruptos y corruptelas. Negar estas amenazas nos hace más débiles. Sentarse a la mesa de esta merienda de negros en la que se ha convertido la gastronomía nos convierte en cómplices de un futuro peor.

Cuando superemos la pandemia, tendremos la magnífica ocasión de hacer una cocina llena de generosidad, de compromisos cívicos, sostenible y sin corrupción. Este análisis no es una analogía entre el Kremlin y la Moncloa sino que trata de entender que la enorme relevancia y crecimiento de la gastronomía debe promover un escenario culinario de excelencia, de dignidad, de transparencia y de igualdad de oportunidades para todos.

Al enlace digital

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Ir arriba