Jefferson, ese sibarita del sherry

Thomas Jefferson, tercer presidente de los EEUU (1801-1809), está considerado como uno de los padres fundadores de la nación y redactor de la famosa Declaración de Independencia de 1776. Hombre ilustrado, representó todas las virtudes de los primeros norteamericanos; filósofo, agricultor, estadista, intelectual. Icono de la revolución colonial, fue un humanista pero también un gran gourmet. Introdujo la viña en Estados Unidos y se sentía apasionado por el vino y la gastronomía. La Ilustración, el siglo de las luces y las revoluciones burguesas atlánticas conectaron las tres primeras ciudades constitucionales del mundo: Filadelfia, París y Cádiz. Curiosamente estas localizaciones marcan una línea imaginaria que enlaza la historia contemporánea, el vino y la política. Entorno a la mesa siempre se construyen alianzas. Este espacio compartido está colmado de significaciones capaces de trascender ya que, en ella, se representa todo un conjunto de signos civilizatorios. El pensamiento, las ideas y la liturgia se reúnen en el banquete como espacio de distinción y representación simbólica.

Antes de ser presidente, Jefferson fue elegido embajador estadounidense en París, y en la ciudad del Sena descubre todo un universo cultural y político con el que queda deslumbrado. Conoce el lujo y la excentricidad de la corte borbónica, intercambia ideas con los pensadores más influyentes y descubre la maravillosa cocina francesa. El petulante refinamiento y la extravagancia aristocrática parisina no influyen en Thomas, pero su afán por descubrir Europa lo lleva en 1787 a una gran ruta como un auténtico viajero romántico. Alquiló un coche con conductor y conoció Marsella, Burdeos, Lombardía y otras regiones mediterráneas. Moderado y exquisito, fue recogiendo y enviando a América todo tipo de semillas, plantas y arbustos al tiempo que conocía exóticos cultivos que implantaría, años más tarde, en su famosa residencia familiar de Monticello, Virginia.

Hay que tener en cuenta que estamos en un momento crucial de la historia, ya que el cambio del antiguo al nuevo régimen representa un período trascendental del que Jefferson tenía una visión política cosmopolita y global. Su periplo europeo le dota de perspectiva y de una extraordinaria agudeza. Aunque vive momentos revolucionarios, la construcción del ideal republicano norteamericano es la de un territorio de colonos y agricultores con una especial relación con la naturaleza, la agricultura y donde, por tanto, la alimentación y la cocina simbolizan algo más que un simple sustento.

El presidente introdujo la viña en ee uu y se sentía apasionado por el vino y la gastronomía

Recordemos que el primer libro de cocina norteamericana, American cookery, lo escribe Amelia Simmons en 1796. Se trata de un pequeño recetario que pone en evidencia la simplicidad culinaria que a partir de la llegada de Jefferson y de la construcción del país va a ser trastocada. Este presidente dejó escritas más de ciento cincuenta recetas ilustradas con ingenios con maquinaria, instrumental y recomendaciones de todo tipo. Era un ferviente admirador de los macarrones con queso, pero también del pollo de Guinea.

Pero donde Jefferson genera un auténtico avance de sofisticación es en el vino. Aunque al principio solo bebía madeiras y oportos, su afrancesamiento posterior lo llevó a admirar borgoñas, champagnes y burdeos. El ceremonial, como representación de una identidad social, fue un mecanismo de la élite gastronómica, un factor de distinción burguesa. Tenemos que entender la ironía de este grupo social y su sintaxis como espacios de convivencia de las clases acomodadas. En este contexto, el vino, como un signo de prestigio y de lucidez creativa, es el resultado de la propiedad de la tierra y de la estructura económica de un territorio. El poder simbólico del vino en la cultura occidental, y en general en los climas cálidos, significó capital económico, político y social.

En los espacios públicos de sociabilidad también se relacionan el vino, la gastronomía y la política. El restaurante City Tavern era el centro social, político y económico de Filadelfia a fines del siglo XVIII. Definida por John Adams como “la taberna más distinguida de América”, ganó fama como el lugar de reunión de los miembros de los Congresos Continentales y la Convención Constitucional, además de los funcionarios del primer Gobierno. Podríamos decir que los padres fundadores de EE UU conspiraban en las tabernas con un buen oloroso. ¿Cuántas intrigas políticas caben en una copa de amontillado?

En el ámbito del comercio internacional, las relaciones económicas de EE UU con España se inician desde mediados del siglo XVIII y existía un tráfico creciente entre la Península y las trece colonias, así como entre estas y las colonias españolas, particularmente con Cuba. Estos importantes intercambios justifican el establecimiento de una red consular en España. Como ha estudiado la profesora Guadalupe Carrasco, los primeros consulados norteamericanos en España fueron los de Cádiz y Bilbao (1790). Jefferson consumía vinos españoles gracias a estos y mantuvo con ellos una relación política, diplomática y vinícola constante. Por la correspondencia de Jefferson como Secretario de Estado y, posteriormente como Presidente, podemos constatar que era un enamorado del vino español y más concretamente del vino de Jerez, el vino más antiguo de España.

El sherry guarda una especial relación con la cultura británica desde el siglo XVI. Aunque siempre ha aparecido en la literatura, la música y la pintura, los precedentes más significativos lo tenemos en la obra de Shakespeare. Quizás por eso, doscientos años más tarde, ya era un viejo conocido de la burguesía colonial norteamericana. Como plantea John Hailman en Jefferson on wine, cuando el presidente llega a la Casa Blanca los jereces se convierten en un auténtico símbolo de poder. Se encuentra en la división de manuscritos de la Librería del Congreso de EEUU toda la correspondencia firmada de puño y letra entre el presidente y el cónsul estadounidense en Cádiz, Joseph Iznardi. En una carta fechada el 10 de mayo de 1803 le confiesa a su diplomático gaditano que el sherry enviado por este le había entusiasmado tanto que “ahora lo echaría de menos si no pudiera beberlo diariamente”.

Pedido Presidencial

Cádiz no solo es la primera oficina consular abierta en España a merced de su situación estratégica sino la que centraliza el tráfico de todo el vino español con EE UU. Siendo el Mediterráneo uno de los objetivos diplomáticos y comerciales de ese país, la ciudad andaluza también se convertirá en una pieza clave en la distribución de información sobre el estado de la navegación en este ámbito. Y, aunque ya no es el centro absoluto del monopolio, Cádiz mantiene aún a comienzos del siglo XIX un volumen de comercio importante con las colonias, intercambio que en determinados momentos los norteamericanos realizarán bajo pabellón neutral.

¿Cómo conseguía el presidente tanto sherry? El presidente le pedía a su cónsul andaluz todo tipo de vinos de Jerez: “Tres medias botas de vino, una de xerez, una de color y otra blanco, y otra de Málaga especial de calidad”. Pedro Ximénez, pale cream e incluso un viejo vino tinto llamado Pajarete –Pacharetti (sic)– de la cercana localidad gaditana de Villamartín. Del mismo modo pedía Mountain wines, vinos de lágrima y dulces de Málaga o Alicante. “If the sherry be dry, I will gladly take them, as also the Malaga. If you would order for me a pipe of dry Pacharetti and one of dry sherry of first quality…” El vino de Jerez entra en EE UU por Boston, Nueva York, Filadelfia, Baltimore y Washington DC, y durante la presidencia de Jefferson el sherry es habitual en la Casa Blanca. El presidente tiene una nariz privilegiada y es un gran enólogo. Conoce las variedades de uva, y su extensa cultura enológica lo convierten en uno de los mejores expertos en vino de su tiempo.

Pero, ¿por qué esa pasión por el sherry? Aunque es un especialista en vinos europeos, es al llegar a la presidencia de los EEUU, en 1801, cuando se decanta definitivamente por los vinos jerezanos. Toda la relación epistolar con su diplomático en Cádiz está relacionada con los vinos. Mandó construir bodegas para su pale sherry en la Casa Blanca, creía en el poder terapéutico del Pedro Ximénez y llegó a plantar alcornoques en su residencia de Monticello para el corcho de los tapones. El vino de Jerez no solo gozaba de una histórica fama en círculos británicos sino que, gracias a ser fortificados con más alcohol, permitía hacer su travesía por barco sin que hubiera pérdida de calidad de los mismos.

Vemos pues que los vinos de Jerez formaban parte de la alta política norteamericana, representaban un icono de la élite colonial y conectaban las grandes revoluciones burguesas con las primeras ciudades constitucionales. Thomas Jefferson fue un hombre de estado que cambió el mundo con una copa de jerez.

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